El error positivo

Un libro sobre cómo convertir los errores en oportunidades.

Reflexión sobre la “cultura del fracaso” en Expansión

Esta mañana nos hemos encontrado en la sección de Empresas de la edición impresa de Expansión con un artículo de opinión (enlace en Internet sólo para suscriptores del diario) del profesor del IESE Santiago Álvarez de Mon en el que habla sobre la cultura del fracaso a raíz del suicidio del portero alemán de fútbol Robert Enke (no vamos a entrar en si viene a cuento o no vincular su suicidio con un fracaso profesional).

Lo que nos ha parecido interesante del artículo es que el profesor del IESE está de acuerdo con nosotros en que error y fracaso no son sinónimos. Dice Álvarez de Mon:

“No podemos confundir el error con el fracaso. No son sinónimos. Si preparo a conciencia un partido determinado, si gasto toda la gasolina de mi motor, si gozo mientras desarrollo mis conocimientos y habilidades, si mi actitud es positiva y valiente, y luego pierdo, ¿he fracasado? Si trabajo con celo y seriedad, y un jefecillo desaprensivo prescinde de mí como si fuera un kleenex, ¿he fracasado?”.

Tiene toda la razón: ni cometer errores (añadimos nosotros: los vamos a cometer, es inherente al ser humano, imperfecto por naturaleza) ni perder (que nosotros pongamos los medios para conseguir algo no quiere decir que lo consigamos) significan que se haya fracasado. Pero es que hay más.

El hecho de que los demás consideren que has fracasado no quiere decir que lo hayas hecho. En el libro entrevistamos al equipo directivo de la empresa de bicicletas Orbea. Su historia es la de una compañía cuyo sector creía que se estaba equivocando, y con pequeños errores (en el corto plazo parecían tener una dimensión mayor de la que realmente tenían…), y, sobre todo, sin miedo a equivocarse, estaba poniendo las bases para una historia de éxito.

En el fondo, el ser humano no tiene miedo a cometer errores, sino al propio miedo. En el libro buscamos raíces sociológicas a este fenómeno:

A comienzos de 2007 dos psicólogos estadounidenses, Lisa Blackwell de la Universidad de Columbia, y Kali H. Trzesniewski, de la Universidad de Stanford presentaron un estudio sobre cómo evalúa el ser humano los errores. Sus investigaciones han demostrado que las personas con un mejor desempeño de sus funciones no pierden el tiempo rumiando sus fallos —vamos, que no se regocijan en sus errores—, sino que buscan la forma en la que creen que se pueden resolver esos problemas —vamos, que le dan vueltas al coco pensando cómo pueden resolver un problema o qué estrategias pueden seguir para que no les vuelva a ocurrir—. ¡Eso es el error positivo!

Según Blackwell y Trzesniewski, a la hora de aprender —el estudio lo llevaron a cabo con estudiantes universitarios— hay dos tipos de personas: aquellas cuya confianza en sí mismos se quiebra con los errores, porque atribuyen el error a una falta de habilidad, y evitan los retos porque es habitual cometer errores cuando se afrontan nuevos desafíos; y aquellas personas que creen que los errores ofrecen oportunidades, que quieren aprender por encima de cualquier otra cosa, y que creen que si trabajan más, consiguen más. Los estudiantes del primer tipo sentían que aprender era un objetivo más importante que obtener buenas notas. Además, estaban convencidos de que cuánto más trabajaban, mejor era el resultado y se hacían más expertos. Llegaron a entender que incluso los genios tiene que trabajar duro para conseguir objetivos. Cuando recibían una nota negativa, decían que estudiarían más y que buscarían nuevas estrategias. Sin embargo, los otros estudiantes estaban más preocupados por parecer inteligentes que por aprender. Tenían una visión negativa del esfuerzo: estaban convencidos de que tener que trabajar más significaba una baja habilidad. Pensaban que una persona con talento o inteligencia no necesita trabajar para obtener buenos resultados. Atribuían a una baja habilidad cualquier fallo. Su objetivo era estudiar cada vez menos —porque, en teoría, cada vez serían más hábiles—. De hecho, aseguraban que nunca volverían a abordar aquellos problemas que no habían sabido resolver y no descartaban hacer trampas en exámenes en el futuro.

En un ejercicio de imaginación, traslada ahora los resultados de esa investigación académica al mundo de la empresa… Pues sí, encaja. ¿Te has dado cuenta, verdad?

Si te interesa, puedes descargarte el primer capítulo de nuestro libro aquí.

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