El error positivo

Un libro sobre cómo convertir los errores en oportunidades.

Emprendistán

Érase una vez una emprendedora que quiso que un periodista hablara sobre su proyecto de negocio…

¡Qué narices érase!

Me encontré hace unas semanas con una emprendedora que estaba buscando financiación para su ambiciosa, aunque, todo sea dicho, poco rentable, idea de negocio y que me soltó esto:

“Ah, y publica esto [a los periodistas nos da mucha rabia cuando nos dicen esto]: no se da dinero público a los emprendedores. Soy mujer, con menos de 35 años. Pues nada de dinero. Ni por ser mujer, ni por tener menos de 35 años”.

Tal cual me lo dijo.

Le pregunté que cuánto dinero ponía ella y me respondió que cero, que no tenía dinero, que por eso lo necesitaba. Buscaba que le financiaran el 100% de su idea. Una idea, además, ¿lo he dicho ya?, en la que la ambición era indirectamente proporcional a su rentabilidad. Me imagino que si hubiera querido ser bailarina, habría también querido que alguien le financiase su carrera -no iba a pagar ella la escuela de danza y mucho menos las zapatillas y el tutú-. No le dije que yo querría ser bailarín de claqué y que por qué no me lo financiaba el Gobierno -en lugar de pagarme yo las clases-, que le iba a dar muchas alegrías a los españoles con mi desparpajo, pero me contuve, que luego me meto en unos berenjenales de cuidado. Así que cerré el pico.

Este tipo de emprendedor es muy común en Emprendistán, ese país de fábula habitado por personas que quieren ser emprendedores-como alguien puede querer ser actor- pero que no tienen dinero para arrancar y en lugar de reunir parte del dinero -no sé, trabajando y ahorrando- y luego, qué sé yo, recurriendo a algo taaaaan loco como un préstamo participativo (esto, para ese tipo de emprendedores, es un comentario irónico, que todo hay que decirlo), quieren recurrir a dinero de otros y que como lógicamente nadie se lo da, protestan, protestan y protestan.

Pero Emprendelandia está también habitada por otra especie (hay más todavía, pero las dejo para otros posts): los emprendedores tecnológicos con una buena idea que no verá la luz hasta dentro de diez años (si es que alguna vez ve la luz). Curiosamente el argumento de esta emprendedora para que le metieran pasta a ella era que:

“Eso sí, se le da dinero a empresas de tecnología que no van a ningún lado”.

Hace un par de semanas estuve hablando con business angels extranjeros del sector biotech -para que veas que me ponen más cosas que el apalancamiento financiero-. Me contaban que echan en falta propuestas de emprendedores con resultados a corto plazo -obviamente, dirás tú-. Me explicaban que el 99,9% -la cifra es de la Fundación Rafael Galán para el Desarrollo Emprendedor- de los proyectos que les llegan de emprendedores españoles, frente a emprendedores del resto del planeta Tierra y alguno que otro de Barsoom, quieren desarrollar productos para problemas actuales, pero que verán la luz dentro de… 12 años, como pronto. Y ellos sugieren a estos investigadores-emprendedores que busquen problemas que se puedan abordar en un plazo más real. En 2-3 años, como mucho. Aunque la empresa tarde un poco más en generar beneficios, pero que pueda salir a vender ya.

Si todas las empresas bio se centrasen en resolver grandes enfermedades en 20 años, ¿qué pasaría con las enfermedades menos mediáticas o con desarrollos biotecnológicos menos ambiciosos que se quedan por el camino -no sé, cáncer de próstata, por ejemplo-? El dinero público -sobre todo- y de los business angels -que ya se ocupan ellos de que sea así- debería dirigirse a estas empresas, no a las de 10-20 años vista.

El dinero de las de 200 años tiene que venir de otro sitio. Esa otra investigación claro que tiene que recibir dinero, por supuesto, pero a través de otros cauces, no a través de dinero para montar empresas que sobrevivan y mientras tanto garanticen puestos de trabajo y conocimiento a personas para que monten empresas, que a su vez creen puestos de trabajo y conocimiento…

Y si se va dar dinero a esas empresas de productos a largo, que, al menos, les exijan tener líneas de negocio paralelas que les permitan ganar dinero a cortopara que vaya entrando dinero en sus cajas. Hay buenos ejemplos de este tipo de empresas, como Bioncotech, que tiene un producto propio que saben que va a tardar, y mientras tanto ofrecen servicios a otras empresas para ayudarles a desarrollar productos. Vamos, que no es una idea tan loca.

Yo sigo, erre que erre, en mi cruzada por la innovación útil.

Y ojalá fueran felices y ojalá consiguieran facturar lo suficiente como para comer perdices.

(Este post se publicó inicialmente en http://www.emprendedores.es con el título Emprendelandia)

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Einstein no era un espía o por qué no es tan malo el apalancamiento financiero… si te lo puedes permitir

Hasta ahora estaba más que convencido de que si te disponías a poner en marcha un negocio lo mejor era no pedir (al menos, no tener que…) dinero a nadie. Al menos eso era lo que le había entendido a todos los expertos que había entrevistado hasta ahora. Así que hasta ahora, tenía entendido que si alguna vez llegaba a tener, no sé, por ejemplo, 100.000 euros para un proyecto, era mejor que palmase yo esa pasta antes que pedir dinero a un banco o a un socio capitalista. Pero ahora resulta que me encuentro con que esa afirmación tan contundente, tan wagneriana, so mächtig, dass Aussage, pues que no está tan clara. Que no pasa nada, si te salen las cuentas, por poner un 40% propio y pedir el resto a un banco o a una firma de capital público.

Vamos, que me pasaba como al FBI con Albert Einstein cuando el Gobierno de Estados Unidos le propuso sumarse al Proyecto Manhattan: que me escamaba. Pero, al final, como el FBI, resulta que estaba equivocado: ni Einstein era un espía alemán, ni contar sólo con recursos propios es la panacea.

Yo os cuento lo que me han explicado y vosotros me decís si estáis de acuerdo o no. Un experto me ha contado, abanicazo va, abanicazo viene, esto:

“Una empresa, está claro, se pone en marcha para ganar dinero. Un emprendedor va a procurar ganar el mayor dinero posible, poniendo el menor dinero posible –o porque no lo tiene o porque lo puede/quiere dedicar a otros fines–. Por lo tanto, espontáneamente, le viene bien dinero de otros… Le interesa, por tanto, el apalancamiento financiero. ¿Cuál es el límite del apalancamiento? Si la rentabilidad de tu negocio es superior al coste del apalancamiento, entonces te interesa”.

Es una regla sencilla, vale; pero, claro, hay que saberla medir. Básicamente, porque el coste de los recursos ajenos habitualmente no es único y tienes que calcular un coste medio ponderado, según las distintas fuentes de financiación que tengas. Puedes tener una línea de crédito con el banco, un préstamo de proveedores, un factoring, deuda a corto, deuda a largo… y cada una de estas fuentes tiene sus condiciones. Y tienes que analizarlo bien, porque si no te salen las cuentas, no te merece la pena apalancarte, por mucho que te ayude a arrancar con tu negocio.

Otro experto añadía esto otro, entre granizado de sangría-él– y granizado de limón -no bebo cuando estoy de servicio, además de que me baja la tensión-:

“Las empresas que no se endeudan son empresas que tienen un coste de oportunidad de crecimiento. También es una opción perfectamente respetable. Pero si tú tienes una rentabilidad superior al coste del dinero en el mercado, tienes que saber que si no te endeudas, puede ser porque no te interesa, porque decides no hacerlo… y si lo haces pudiendo necesitar dinero que no tienes, estás renunciando a crecimiento. Y ese es un mensaje que también merece la pena tener en cuenta. Es una política conservadora, que en tiempos malos se demuestra buena, pero en tiempos de bonanza te puede llevar a perder capacidad competitiva respecto a otras empresas”.

Como no es lo mismo arrancar un negocio, que gestionar uno ya en marcha, se me ocurrió plantear -para que Walter Burns se sienta orgulloso de mi- la siguiente duda que sobrevuela las cabezas de muchos emprendedores que van a arrancar: Si tengo el dinero que necesito para montar el negocio, ¿tiro sólo de recursos propios, como le he oído decir alguna vez a eseinconsciente periodista, o busco también recursos ajenos? Esto es lo que me respondieron:

Uno dijo:

“Yo echaría números, y según las previsiones de rentabilidad y en función del resultado evaluaría si puedo retribuir a un financiador externo. Siempre pensando en deuda. Si puedo hacer frente a un crédito o un préstamo participativo, iría. Y me dejaría mi dinero como recurso de última instancia en el caso de que hiciera falta una aportación adicional. Uno de los problemas que les ocurren a los emprendedores es que aplican gran parte de los recursos que tienen en la puesta en marcha del proyecto y cuando están asfixiados en tesorería es cuando ya no pueden poner el dinero para comercializar el proyecto, con lo que se estrangulan ellos mismos. La escasez de recursos en la fase de puesta en escena siempre va a afectar a la política comercial, a los gastos comerciales. Y esos gastos comerciales van a condicionar la entrada en el mercado, y eso va a condicionar la entrada en el proyecto”.

Vamos, que no te la juegas en una primera ronda de financiación, ¿no es eso?

Y otro:

“Si puedes pagar deuda, búscala. Mantén un remanente para imprevistos, porque puedes tener problemas de circulante más adelante. Es mejor poner dinero tuyo porque si ya has agotado tu capacidad de endeudamiento previa no te van a dar dinero. Recomendaría echar números y ver relación entre ROI esperado y coste del dinero.

Y pregunté también qué pasaba si en lugar de pedirle pasta al banco -más reacio a dártela cuando arrancas, pero que tampoco hay que descartar-, se la pedías a un socio capitalista -igual de reacio, pero con mejor prensa-, a lo que me respondió otro experto:

“Es distinto tener deuda que tener socios. Un socio que no forme parte del núcleo promotor puede ser una persona que pueda llegar a influir, que puede llegar a distorsionar el modelo de negocio que quiere implantar el equipo promotor. No es lo mismo la deuda que el capital. En ese segundo caso, pondría más dinero mío que admitir a otro socio. Y siempre guardaría dinero mío por si la empresa va luego mal. Hay que distinguir entre la economía de la empresa de la economía personal.

Concluyendo: que ya no tengo tan claro que haya palmar la pasta propia.

Como decía el bueno de Churchill, “una buena conversación debe agotar el tema, no a sus interlocutores”, así que lo dejo aquí.

¿Qué opináis vosotros? ¿Cuál es vuestra experiencia? Venga, animaros.

(Este post apareció inicialmente en la revista http://www.emprendedores.es con el título Einstein o el apalancamiento financiero.)

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Errores en las estrategias de planificación financiera

En el número de septiembre de Emprendedores publicamos un artículo sobre errores a la hora de planificar financieramente tu empresa.

¿Qué tipo de consejos puedes leer de emprendedores y expertos con los que hablamos? Algunos como éstos:

1- No alargues el plazo de cobro para ganar más

Piensas que si le subes el precio a un cliente a cambio de que pague más tarde, estás haciendo una buena jugada, pero desde un punto de vista de planificación financiera, te resulta mucho más interesante poner un precio más bajo e incluso dar opciones de pago por plazos si se cobra antes. “El problema de los emprendedores, al confundir el beneficio con la caja, muchas veces dicen a los clientes que les paguen un poco más y, a cambio, les dejan que paguen más tarde. Y tiene que ser al revés: hacedles los descuentos que sean –que se pueda, claro–, pero que paguen antes. Te encuentras con empresas españolas en concurso que están pendientes de cobrar 50.000 euros de clientes”, recomienda el inversor Antonio Manzanera.

2- No inviertas en activos fijos con estimaciones

“Uno de los peligros en la planificación de la inversión de activos fijos está en las estimaciones. Por ejemplo, el acondicionamiento de un local. Es habitual que tu amigo el chapuzas te diga: Esto, aproximadamente, tanto. No te vale. Tiene que estar detallado y por partidas. ¿Por qué? Porque te terminas encontrando desviaciones muy importantes”, apunta Dionisio Txaparro, director comercial de Oinarri SGR.

3- No financies tu largo plazo con deuda a corto

Tienes que financiar el largo plazo con recursos a largo plazo, y financiar los activos que te van a generar caja a corto plazo con recursos a corto plazo. Suena fácil, ¿verdad? “Pues resulta que el incumplimiento de esta regla tan simple explica muchas situaciones de insolvencia. Si tienes que financiar circulante sí tiene sentido deuda a corto –si, por ejemplo, tienes que comprar a 30 días y a ti te pagan a 60 días. Esa financiación que tú estás haciendo te va a generar caja a muy corto plazo y no vas a tener ningún problema en que cuando te pague el cliente, puedas devolver la línea de crédito que tú habías pedido”, comenta Manzanera.

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